viernes, 24 de abril de 2015

"Obsesivo" y otras películas de amistades

¡Con gran alegría podemos agregar una función de Jorge Prelorán en 16mm! Se trata de Obsesivo, mediometraje que realizó a lo largo de más de veinte años años junto a Juan D'Alessandro, quien presentará la película y aportará la copia fílmica que proyectaremos el miércoles 29 de abril a las 20 horas en Austria 2154, con entrada libre y colaboración voluntaria. La jornada se completa con los cortos La máquina y Venganza, todos hechos con amigos.



Miércoles 29 de abril - 20 horas
OBSESIVO
(Idem, Argentina / Estados Unidos, 1982, color, 28 minutos)
Realización, Fotografía y Montaje: Jorge Prelorán.
Asistente: Sergio Barbieri.
Música: Piazzolla, Cobián, De Morales, Jobim, Beethoven.
Música original: Dorio Barbieri.
Mezcla sonora: Tony Cummings.
Cámara adicional: Jorge De León, Pedro Valdez, Carlos Ferro y Michael Miner.
Animaciones: UCLA Animation Workshop.
Con Juan D'Alessandro y Jorge Prelorán.
Voz del crítico: Gerardo Pelle.

"Aquellos que piden a los artistas que expliquen su trabajo merecen las respuestas que reciben", dice al principio de Obsesivo Juan D'Alessandro, quien crea "obsesivamente" caras y formas inverosímiles.

El artista parece estar aislado reviendo su quehacer cotidiano en algún rincón oculto de su mente y trata de expresar esta visión interior con estilizados rostros de mujeres que representa en maravillosas abstracciones plásticas.

En la película, D'Alessandro y Prelorán son dos grandulones jugando a ser niños. Fue filmada a lo largo de dos décadas, en sucesivos encuentros en Buenos Aires y Los Ángeles. Agradecemos al artista por prestar su copia 16mm del film para proyectarla.


LA MÁQUINA
(Idem, Argentina, 1975, color, 11 minutos)
Realización, Fotografía y Montaje: Jorge Prelorán.
Con Rodrigo Montero.

Filmada en Huacalera, Quebrada de Humahuaca, cuenta la historia humorística de una antigua bomba de agua al querer ser activada infructuosamente por su cuidador. Junto con Obsesivo, se trata de otro de los films lúdicos que Prelorán realizó con sus amigos y colaboradores.


VENGANZA
(Idem, Argentina, 1954, blanco y negro, 17 minutos)
Realización: Jorge Prelorán.
Con Alberto Nicolini.

Primer corto de Prelorán, se trata de una ficción rodada con amigos del barrio que cuenta la historia de una banda de ladrones cuyo líder reconoce desde la cárcel que la criminalidad difícilmente lleve al éxito.

Cineclub La Rosa
Temporada IX / Función 183
Austria 2154

miércoles, 22 de abril de 2015

Un hachero pampeano

Los hijos de Zerda fue proyectada en 16mm en el Cineclub La Rosa. Impactante, la película de Jorge Prelorán relata con dureza la vida de un hachero y su familia en La Pampa.




Antes del largometraje proyectamos el corto Chucalezna, en brillante copia fílmica.



viernes, 17 de abril de 2015

Los hijos de Zerda

¡Anteúltima! función del ciclo de lujo con películas de Jorge Prelorán con la proyección de dos obras maestras, una de ellas muy pocas veces vista en nuestro país, como Los hijos de Zerda. Será el miércoles 22 de abril a las 20 horas en Austria 2154, con entrada libre y colaboración voluntaria.


Miércoles 22 de abril - 20 horas
LOS HIJOS DE ZERDA
(Idem, Argentina, 1974, color, 51 minutos)
Dirección y montaje: Jorge Prelorán.
Producción: Hugo Chumbita.
Asistentes: Félix Arrieta y Rubén Evangelista.
Asesoramiento: Ercilia Moreno Cha.
Texto introductorio: Walter Cazenave.
Introducción a la versión en inglés: Henry Fonda. / En castellano: Rubén Evangelista.
Canción de Dalmiro: Cacho Arenas.


La película narra la vida de Sixto Ramón Zerda y su familia, hacheros en un bosque de caldén en la provincia de La Pampa, con los hijos dispersos, aislados de la civilización e impotentes ante una situación de explotación. En su película más políticamente comprometida, Prelorán hace una cruda denuncia de la esclavitud en pleno Siglo XX cuyo trasfondo es, como en casi toda la obra de Prelorán, la educación como salida.

"La cámara se mueve del monte a toda una compleja red de relaciones entre Sixto Zerda y sus hijos dispersos por diversos lugares. A través de la compaginación efectúa contrastes violentos propios de esta historia de terrible marginación y pobreza. En forma intermitente se repite la imagen del viejo camión de Zerda y sus fútiles intentos de ponerlo en marcha, metáfora de su frustrada posibilidad de salida." (Graciela Taquini, Jorge Prelorán, Centro Editor de América Latina, 1994).


CHUCALEZNA
(Idem, Argentina, 1966, color, 17 minutos)
Dirección, montaje y fotografía: Jorge Prelorán.
Producción: Fondo Nacional de las Artes.
Ayudantes de Dirección: Lorenzo E. Kelly y Sergio Barbieri.
Asesoría musical: Leda Valladares.
Música instrumental: Anastasio Quiroga.


Nuevamente la educación en el centro de la escena, de una forma cálida, sincera, emocionante. Los niños de la escuela rural de Chucalezna, en la Quebrada de Humahuaca, usan las paredes del aula como caballete y papel donado por el hijo de la maestra como tela. Estos alumnos aprendieron a expresarse pictóricamente, alcanzando un estilo y dominio del color que les permitió ser reconocidos a nivel internacional por la UNESCO en 1976.

Cineclub La Rosa
Temporada IX / Función 182
Austria 2154

sábado, 11 de abril de 2015

Gustavo Pérez y aquella fotografía

Había capturado en sus épocas de estudiante una imagen que impresionó al cineasta Jorge Prelorán. Fue el origen de Los hijos de Zerda, film que hoy figura entre los mejores documentales del cine antropológico argentino. 


El contador público Gustavo Pérez, coterráneo a quien despedimos en el curso de esta semana, hizo su carrera universitaria en la vecina provincia de La Pampa. Dos circunstancias irrepetibles hicieron de aquellos años un tiempo mítico: en una provincia que había dejado de ser territorio pocas décadas atrás,la Universidad y lo que ella generó con la confluencia de jóvenes de toda la región fue un asunto novedoso, que despertó simpatías en el conjunto de la sociedad que todavía guardaba improntas de una vida pueblerina. Los años 60 latían al compás de un tiempo político vertiginoso, cargado de esperanzas. Así, estudiantina, ideario, militancia y memorables guitarreadas fueron el caldero de un anecdotario que aún se evoca.

Gustavo Pérez, como muchos jóvenes provenientes de ésta y otras ciudades del oeste, fue parte de esa bohemia ruidosa que dejó huellas imborrables en tantos pampeanos. Es así que su nombre, como el de uno de sus hermanos que todavía reside en aquella provincia, aún permanece ligado a los recuerdos más gratos que signaron una época de la vida pampeana, que, años después, acabó trágicamente con la llegada de la última dictadura militar.

UNA FOTOGRAFÍA
Es probable que muchos no recuerden que el nombre de Gustavo Pérez quedó vinculado al origen de un film del desaparecido cineasta Jorge Prelorán, hasta el presente considerado uno de los más relevantes del documentalismo argentino, pieza inevitable de estudio en muchas facultades de cine y material de consulta entre etnógrafos y antropólogos.

Aficionado a la fotografía, Gustavo capturó una imagen que sorprendió a los pampeanos. Un retrato de gran impacto. En él, la mirada de los hijos de un hachero parecía agujerear el papel. Con una expresividad brutal, esas miradas denunciaban una vida cercana pero ignorada por la mayoría de los habitantes de Santa Rosa. A sólo80 kilómetrosde la capital provincial, así pasaban sus días los hacheros del caldén. La imagen mereció la atención de los pampeanos y tuvo su período de exaltación. Tanto que quienes regenteaban una peña folklórica llamada el “El temple del diablo” hicieron de ella una gigantografía para perpetuarla en una pared.

El cineasta Prelorán, que se hallaba en La Pampa realizando otro de sus famosos documentales, Cochengo Miranda, una noche, fue llevado por amigos hasta la peña. Y quedó prendado por aquellos rostros infantiles que había capturado la cámara de Gustavo. Entonces pidió conocer a los protagonistas. Días más tarde, fue llevado hasta el paraje rural. Así, decidió hacer un film acerca del hachero y su familia. El resultado fue la excelente obra Los hijos de Zerda, cuya copia original guarda el museo Smithsonian de los Estados Unidos, país donde, desgraciadamente, Prelorán terminó de compaginar y estrenó la película, ya que tuvo que alejarse de Argentina después del golpe cívico militar de 1976.

Gustavo había tomado la fotografía que terminó inspirando a Prelorán ayudado por un amigo, el hoy escritor y geógrafo Walter Cazenave, quien, entonces, era maestro en el paraje donde habitaba la familia del hachero Zerda.

Con este breve recuerdo, honramos la memoria del vecino que acaba de morir, quien sostuvo en el tiempo y a la par de su conocida actividad profesional una íntima pasión por la fotografía.

Víctor Delgado
Diario Noticias de Pehuajó

miércoles, 8 de abril de 2015

lunes, 6 de abril de 2015

Cochengo Miranda, un encuentro en el desierto patagónico

Susana Mulé, la autora del hermoso retrato que ilustra esta nota, visitó a Cochengo Miranda en la que cuenta fue "la experiencia más importante en mis 20 años de hacer fotografía profesional". A continuación, el texto que escribió para su ensayo sobre la vida en El Boitano y el oeste pampeano.


En 1986 Jorge Prelorán me propuso viajar a La Pampa para pasar unos días en El Boitano y fotografiar a Don Cochengo y Maruca en su ambiente, porque tenía intención de publicar un libro con las décimas que ha escrito este entrañable hombre. Hice las gestiones y conseguí mediante instituciones oficiales los medios para viajar a tan remoto lugar que incluía una camioneta de Vialidad Provincial para trasladarme hasta Santa Isabel. Para ubicarlos geográficamente debo decir que se cruza el país de Este a Oeste y que el solitario paraje se encuentra donde se junta el Sur de Mendoza con el Oeste de La Pampa, en el límite donde comienza la Patagonia.

El chofer resultó ser un simpático joven que se mostró bastante sorprendido que una mujer sola con su equipo fotográfico se largara a aquellas lejanas tierras.

A medida que avanzábamos por el desierto pampeano la vegetación se hacía más baja y espinosa y la tierra fina y blanca se metía por los resquicios que permitían los vidrios cerrados.

A media tarde, bajo un sol abrasador, nos detuvimos en el polvoriento camino para abrir una tranquera. Muy diligentemente ofrecí mi ayuda para mantenerla abierta mientras él la trasponía. Observé una sonrisita socarrona pero aceptó agradeciendo. Cuando bajé, una nube de jejenes me asaltó. Yo tengo pánico a los bichos que pican. Volví volando a la camioneta para untarme con repelente para mosquitos, despertando así la hilaridad de mi guía quien me aseguró que el ungüento era condimento para los bichitos. A partir de ese momento todo fueron bromas acerca de mi condición de porteña. Cuando llegamos a El Boitano y salieron a recibirme Maruca y Cochengo, inmediatamente se estableció una fuerte corriente de simpatía y afecto.

Estuve apenas 4 días pero el tiempo perdió dimensión.

El guía de Vialidad se volvió a Santa Rosa y quedó en volver a buscarme pues yo tenía reservado mi pasaje de avión a Buenos Aires.

Enseguida me adapté al ritmo de vida de ellos. Nos levantábamos a las 7, tomábamos mate y luego Don Cochengo salía a trabajar con los animales. Yo lo seguía con mi cámara, lo espiaba, lo registraba, él no se inmutaba. Tenía como un orgullo de "ser" dentro de una gran humildad. La humildad que emana de los grandes hombres:

"Soy el eco de la tierra y el canto de la independencia, soy de aquella descendencia de criollos que no se aferran, de esos que sin hacer guerra ven las fronteras abiertas y en esta pampa desierta donde no avanza la ciencia nacen hombres de conciencia con la frente descubierta".

En la serenidad del atardecer y con el pausado ritmo que impone la grandeza de la naturaleza, nos sentábamos bajo el alero a charlar y tomar mate. Maruca ya había mojado la tierra y el jardín que a pesar de la sequía de casi un año sin lluvias y gracias a sus cuidados daba algunas débiles verduras y también sus flores. Los dos perros y el gato se echaban cerca. Traía la cámara y fotografiaba. Horizonte plano, raso, sólo hacia el oeste las cumbres de la Precordillera. Silencio... sólo interrumpido por las aspas del molino que giran, algunos mugidos... y la voz de Cochengo... sus recuerdos... Sus abuelos habían vivido en el Fortín Malargüe y fueron "quemados vivos por los indios" (sic). Se acuerda del río Atuel que -después de un largo conflicto interprovincial que ganó Mendoza- se secó convirtiéndose en desierto lo que había sido un vergel. Esto fue allá por el 19. Dice :

"En aquellos tiempos dijeron de hacer un dique en el Valle Grande, que es un dique muy grande en los cerros de San Rafael para arriba ¿no? en Mendoza. ¡Qué maravilla! ¡Ese es un mar!.. Después, más después, hicieron El Nihuil, que es un gran embalse que no me canso de ponderar... Y así se secó el río Atuel. Aquellos años, no olvido, eran tan lindos y hermosos... Mis viejos eran dichosos por los logros producidos, los campos eran floridos por las lluvias que abundaban, los puesteros prosperaban... Pero al transcurrir el tiempo Dios castigó para ejemplo y los bienes terminaron".

Cuando oscurecía se prendían los "sol de noche" y mientras Maruca cocinaba Don Cochengo seguía contando anécdotas, yo lo grababa y cámara en mano seguía sus gestos, su mirada, pero debo reconocer que muchas veces no me atreví a apretar el disparador. Sentía que no podía violar esa intimidad. Seguramente me perdí grandes fotos pero la vivencia superó cualquier expectativa... fue como cuando se es niño y todo es descubrimiento.

Han pasado muchos años, el libro no se publicó aún. Y don Cochengo ya lamentablemente no lo verá. Decía:

"Nosotros los pobres no olvidamos nuestras costumbres y creo que no se olvidarán, los criollos no olvidan. Porque si ese trabajo existió de muy muchos años atrás, no puede terminar nunca...¡ jamás! Mientras existan criollos. Ahora cuando ya... esté dominado el país por los gringos, será otra cosa, no?... cambiará... Pero mientras habíamos criollos, quien sabe si vamos a dar todavía lugar... porque vamos a luchar hasta lejos, a combatir esas cosas por nuestras tradiciones".

Susana Mulé

Para ver todo el trabajo: https://www.flickr.com/photos/susanet/

jueves, 2 de abril de 2015

Cochengo Miranda

Continúa el ciclo "Jorge Prelorán en 16mm" con otro de los grandes títulos del documentalista argentino, Cochengo Miranda, el hombre del oeste pampeano. Será el miércoles 8 de abril a las 20 horas, con entrada libre y colaboración voluntaria.
Foto: Susana Mulé

Miércoles 8 de abril - 20 horas
COCHENGO MIRANDA
(Idem, Argentina, 1975, color, 58 minutos)
Dirección, montaje y fotografía: Jorge Prelorán.
Producción: Augusto Raúl Cortazar.
Productor Ejecutivo: Ángel Aimetta.
Ayudantes de Dirección: Félix Arrieta, Rubén Evangelista y Alejo Apsega.
Asesora temática: Ercilia Moreno Cha.
Grabación de sonido: Mabel Prelorán.
Solos de guitarra: Juan Pagano.


Cochengo y su familia son campesinos del oeste pampeano y combinan el trabajo rural con los placeres de la música. Cada uno comparte sus sueños, aspiraciones, creencias. Los mayores hablan de la importancia y el valor de las tradiciones; los jóvenes presentan estrategias con las que esperan poder adaptarse a una vida marcada inevitablemente por la transculturación, tópico de la filmografía de Prelorán.

Pero el drama se centra en otro de las preocupaciones centrales del documentalista: la educación, representada en este caso por la separación de los hijos de Cochengo, que salen hacia los centros poblados en procura de un mejor porvenir.


"Cochengo Miranda (1975) representa la aplicación más perfecta del estilo preloraniano de los documentos humanos. Jorge y Mabel convivieron durante distintas temporadas con este criollo, trabajador y poeta, en el Puesto El Boitano, en el Oeste pampeano. Esa experiencia de la cotideaneidad hizo que lograra captar, además de la vida diaria, los sutiles cambios de estaciones del año transmitiéndole en elipsis esa mansa vivencia." (Graciela Taquini, Jorge Prelorán, Centro Editor de América Latina, 1994)

Cineclub La Rosa
Temporada IX / Función 181
Austria 2154

miércoles, 1 de abril de 2015

Pasó Damacio por el Cineclub La Rosa

En la segunda función dedicada al cine de Jorge Prelorán proyectamos Damacio Caitruz, de Jorge Prelorán, junto a su cortometraje Manos pintadas, en hermosas copias fílmicas en 16mm. Un lujo para el Cineclub La Rosa. Aquí, algunas imágenes.





Los esperamos el miércoles 8 de abril a las 20 horas para ver Cochengo Miranda.

martes, 31 de marzo de 2015

Damacio Caitruz

El miércoles 1 de abril continúa el ciclo dedicado a Jorge Prelorán con la proyección de dos películas patagónicas: Damacio Caitruz y Manos pintadas. Será a las 20 horas en Austria 2154, con entrada libre y colaboración voluntaria.


Miércoles 1 de abril - 20 horas
DAMACIO CAITRUZ 
(Idem, Argentina, 1966/71, color, 50 minutos)
Dirección y montaje: Jorge Prelorán.
Asistentes: Lorenzo Kelly y Sergio Barbieri.
Asesora temática: Marta Bourrat de Bun.
Sonido: Rodrigo Montero y Norberto Bernaola.


Unos 700 araucanos viven a lo largo de 15 kms, en el estrecho valle del río Ruca Choroy. Los meses de verano son tensos en preparativos para el crudo invierno, durante el que permanecen totalmente aislados. Buscan leña, siembran y cosechan pasto para alimentar las pocas ovejas que poseen. Las mujeres tejen su tradicional artesanía y los jóvenes deben emigrar a trabajar en estancias lejanas.


Don Damacio Caitruz, mapuche, que mantiene vivas las tradiciones de su tribu, cuenta su vida, sus costumbres, sus penurias y aspiraciones en este retirado valle de los Andes Neuquinos.


MANOS PINTADAS
(Idem, Argentina, 1971, color, 20 minutos)
Dirección y montaje: Jorge Prelorán
Idea y texto: Ana Montes de González.
Locución y asesoramiento: Alberto Rex González.
Música: Francisco Minkioli.
Sonido: Rodrigo Montero.
Grabación de música totémica: Ema Gregores.

Arte rupestre en el cañadón Río Pinturas, provincia de Santa Cruz, perteneciente a la cultura pentehuelche que habitó la Patagonia unos 9000 años atrás. Manos en negativo, escenas de guanacos preñados y de caza componen esta visión de un territorio que apasionaría a Prelorán.

Temporada IX / Función 180
Cineclub La Rosa
Austria 2154

Agenda La Razón

Agradecemos al diario La Razón por la destacada publicación del ciclo "Jorge Prelorán en 16mm" del Cineclub La Rosa en su agenda cultural.


Les recordamos que el ciclo continúa este miércoles 1 de abril a las 20 horas, en Austria 2154, con la proyección de Damacio Caitruz, junto al cortometraje Manos pintadas.

sábado, 28 de marzo de 2015

Mabel Prelorán en el Cineclub

Inauguramos el ciclo dedicado a Jorge Prelorán con una doble función de Hermógenes Cayo y Medardo Pantoja, y la visita ilustre de Mabel Prelorán.


Mabel agradeció la invitación del Cineclub La Rosa y la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte, de la que es Socia Honoraria, y habló con el público sobre la obra de su marido, Jorge Prelorán, y la satisfacción de que esta siga circulando, así como la conservación en el Smithsonian Institute.


Luego, se proyectaron extraordinarias copias en fílmico 16mm de Hermógenes Cayo y Medardo Pantoja.



Prelorán habla de Prelorán

He realizado más de 50 filmes. No todos buenos ni interesantes. Considero que tengo dos períodos, uno el del aprendizaje y otro el de afirmación, resumidos en la experiencia que acumulé durante muchos años de recorrer Argentina de un extremo al otro. En realidad, empecé a interesarme en el tipo de cine que hoy hago, cuando al terminar mis estudios en Los Angeles -curso por cierto del que salieron muchos cineastas que se incorporarían a los grandes estudios de California- acompañé a un misionero que trabajaba en los campamentos de chicanos y braceros mexicanos. Esa realidad, desagradable para mí, me marcaría profundamente. Fue un choque. Pero fuera de eso, en aquella poca, no tenía nada que decir. Tenía una técnica, pero no tenía nada que decir.
Foto: Emiliano Penelas

Al regresar a Argentina, hice una serie de filmaciones sobre los gauchos, era la primera vez que me interesaba en esos temas. Lo importante de este hecho es que me permitió conocer mi país por primera vez. Luego fui contratado por la Universidad de Tucumán y ahí me quedé varios años haciendo filmes didácticos, biológicos, antropológicos y paleontológicos. Más tarde, al celebrarse un convenio entre el Fondo Nacional de las Artes y la Universidad de Tucumán, para realizar cintas folklóricas en el marco de un plan llamado Relevamiento cinematográfico de expresiones folklóricas, hice muchas otras que me fueron acercando cada vez más al conocimiento de la gente y sus comunidades. Este fue un hecho importante porque descubrí un mundo diverso del mío. Y decidí ponerme a disposición de esa gente y tomar partido por los marginados, mas que nada como un técnico, como el que elabora finalmente un producto estético llamado filme. Así estas películas hablan por sí solas de las circunstancias que provocan esa marginación.

Yo no dirijo actores, no digo a nadie lo que tiene que hacer. Filmo por momentos, esperando algún acontecimiento importante. No puedo ni podría filmar en ambientes urbanos, porque en parte se escapa a mi comprensión y porque además tengo un problema técnico insoluble, ya que mi equipo no me permite filmar y grabar simultáneamente. Este inconveniente se adapta perfectamente para filmar gente de gran vida interior y solitaria, rodeada de pequeños objetos que marcan muchas veces el ciclo de una vida. Hermógenes y sus tallas en madera, Cochengo y el molino de agua. Cuando filmé Cochengo Miranda , un puestero y cantor que habita en el confín de la pampa, empecé a sentir en medio de esa inmensa soledad la presencia del molino, algo que yo había valorado poco al comienzo. Ese molino, sin embargo, lo había sacado de la esclavitud del trabajo manual, que debía realizar prácticamente durante todo el día, para extraer agua de un pozo de más de cincuenta metros de profundidad. Al vivir así la vida de un personaje se empiezan a descubrir cosas que difícilmente podría indicarte un antropólogo, a menos que viva de la misma manera que yo lo hice.

Por eso creo que mis películas no son antropológicas ni etnográficas, sino documentos humanos, en los que sólo importa la realidad humana que se va a trasmitir. Son vivencias intransferibles. Considero que el cine que hago no es absolutamente objetivo, sino más bien subjetivo, y por lo tanto no es científico. Tampoco creo ser un artista, porque no estoy creando.

No me propongo hacer arte, aunque el filme sea parte de un fenómeno estético, sino transmitir vivencias, experiencias. Cochengo Miranda es el resultado de un año de convivencia con él. Necesito tiempo, mucho tiempo.

Desde que empecé a concentrarme en personajes marginados o solitarios, como en el caso de Hermógenes Cayo, luego del cual hice varios otros en el mismo sentido- empecé a pensar en el cine que estaba haciendo y en mí mismo. Soy un solitario, conozco muy poca gente del ambiente cinematográfico, padezco de un complejo de inferioridad, debido fundamentalmente a una enfermedad que sufrí hasta los veinte años (el asma), y a la sobreprotección de mi madre. Los dogmas me provocan desconfianza y nada me satisface plenamente, salvo el hecho de tener comunicación con una o dos personas. Por eso cuando empecé a acercarme a Hermógenes Cayo, un indio imaginero que vivía en el altiplano argentino, muy cerca de Bolivia, me di cuenta que el tipo de cine que estaba haciendo era el que más satisfacción me daba porque se unía a estar en contacto con un hombre de una vida interior muy rica, y el ponerme a su servicio. El estilo de mi segunda etapa cinematográfica puede definirse por eso.

Les facilité el micrófono para que se expresen. A veces dicen cosas con las que no estoy de acuerdo, pero no las suprimo, porque esa es mi posición y trato de ser fiel a ella. Así es que nunca puedo hacer un filme sobre alguien a quien no conozca y no quiera. Al convivir con una o dos personas, o con un grupo humano pequeño, durante meses y penetrar en sus vidas, no con curiosidad científica, sino humanamente, la experiencia se convierte en un hecho vital y fundamental. El producto de esta experiencia -a veces de dos años de convivencia- resume esas vidas en una hora y media de proyección, que además surge como un producto estético. Lo importante, sin embargo, pasa por el hecho de prestar voz e imagen a los que no la poseen. En los centros urbanos, siempre hay formas de ejercer presión, a través de grupos vecinales, sindicales, asociaciones, partidos, etc.

Es decir, que en los centros urbanos se va a encontrar gente que lucha por sus intereses. En las zonas rurales, apartadas por distancias enormes de las grandes ciudades, como es el caso de Argentina, no sólo no hay grupos de presión, sino que se va a encontrar gente explotada por los comerciantes o bajo el dominio político de gobiernos que no responden a sus intereses, o engañada por autoridades locales. Esa es la gente que me interesa. Por eso le facilito el micrófono y la imagen. Eso es también lo que en lo personal me satisface.

El aspecto ideológico de mis películas se lo puede hallar, creo yo, en la elección de los temas. del que recibe los azotes. Sin embargo, intento hacer un cine sutil, de unas cuantas verdades, para que el espectador se sienta movilizado a realizar aportes. Uno de los elementos que más me importa es la emoción. Utilizar la emoción más que la fría y calculada mirada intelectual.

Mis filmes son simples documentos de gente que necesita ayuda; no son ideológicamente agresivos ni dogmáticos. Mi convicción es que la gente se vincula a los demás a través de los sentimientos, más que a través de ejercicios intelectuales, teorías, discusiones o debates, que pueden ser rebatidos por otras teorías, discusiones y ejercicios. . . pero cuando un hombre siente, sus emociones son indelebles y es nuestro deber hacerlo más sensible a los sentimientos que a las teorías. Por lo menos en el cine.

En cuanto a si el cine que hago puede catalogarse como etnográfico, debo advertir que no. No soy etnólogo, ni sociólogo, ni antropólogo. Realizo mis trabajos a la inversa de un científico. Entro en contacto con uno, dos o tres individuos y trato de sumergirme en sus problemas, y con estos problemas se forma el universo de estas personas, de vidas similares y diferentes a las nuestras. En general, los trabajos antropológicos son racistas, por dos razones: 1) porque la antropología empezó siendo una ciencia racista, para tratar de controlar a los dominados; y 2) porque los antropólogos son gente sofisticada, muy culta, en el sentido urbano de civilización.

Van y miran y ¿qué les llama la atención? Las cosas y hechos distintos. A ellos no les interesa, por ejemplo, que un grupo de gente como los araucanos sea de labradores o campesinos, sino su danza ritual, el nguillatún. Algo rarísimo. Una fiesta ritual en la que los hombres gritan, dan vueltas, pegan trompetazos, etc. Entonces se dedican a filmar tres horas de nguillatun. Pero, ¿que es el nguillatun, no en la forma sino en el contenido? Una ceremonia destinada a pedir a Dios ciertas cosas, no muy diferentes de las que se piden en una misa cristiana. Por eso es que dentro de mi filmeAraucanos de Ruca Choroy , de cincuenta minutos de duración, le dediqué apenas cuatro, es decir, un diez por ciento, porque para mí es un hecho más dentro de todo un ciclo humano, ni menor ni mayor que otros. Si le dedicara más tiempo estaría insistiendo en el hecho de que esa gente se comporta como salvaje, y eso es básicamente racista. Lo que trato de mostrar es que el nguillatún es sólo una parte de todo un contexto lógico, y que esas personas no son diferentes de nosotros, pero que están olvidadas y marginadas por una sociedad indiferente.

Por otra parte, la antropología implica el dominio de un método. Es una ciencia. El antropólogo decidido a recoger una documentación filmada, por lo general se hace acompañar por un cineasta a quien indica lo que tiene que filmar, pero de este método no surge necesariamente una cinta, estética y dramáticamente construida.

Los antropólogos que filman no hacen cine, sino fichas filmadas. Yo he visto mucho cine antropológico y casi todo ese cine es aburridísimo: no es otra cosa que notas antropológicas, que desechan un detalle importante como es la vida interior de las personas en beneficio del análisis general. A veces se acercan al hombre para documentar de cierta manera hechos cotidianos como el comer, el hacer cosas, etc. y a eso se le llama antropología material, que viene a ser la explicación de ciertas conductas. Generalmente le agregan a la filmación una narración en off de esta manera todo se ve como a través de una ventana, porque lo que hacen es explicar todo desde una posición extrema, desde fuera de los fenómenos humanos. El hecho importante que cambia la significación de un filme es la voz y el pensamiento de los protagonistas. Así pues, si se documenta una danza ritual de un grupo humano, éste puede convertirse en un hecho exótico a menos que quienes danzan expliquen desde su cultura las razones que motivan dicho acto. Ahí cambia todo de significado y de dimensión. Si el antropólogo explica, por ejemplo, cuantas vueltas dan por acá, cuantas por allá, y cómo beben sangre de carnero, como suele suceder en las películas antropológicas francesas, concebidas para explicar a los occidentales las extrañas conductas de grupos humanos desconocidos, nada se demuestra con ello, por lo menos nada esencial. Lo importante es entonces que ellos mismos expliquen desde su cultura el porqué y el para qué de la danza o de, cualquier otro hecho de significación. Por eso, cuando hice Hermógenes Cayo, descubrí que el filme ya estaba dentro de ese hombre, que ya existía en él, y que él lo estaba realmente haciendo, también desde su mundo y su cultura.

“Nosotros queríamos quedarnos con nuestras tierras y ver si podíamos conseguir lo que nosotros anhelábamos... y sacar nuestras tierras libres... y así ... para poder trabajar nuestras tierras ... hacer cercados y casas ..., en las partes donde cada uno pudiera. Y de ahí nos hemos dispuesto a bajar nomás a la Capital, a los Buenos Aires. A pedir nuestras tierras, ... caminando de a pie. -Uh! Hemo, andado más de dos meses para llegar. Dos meses y medio. Una caravana del altiplano del norte, de los últimos rincones del norte, que se intitula Malón de la Paz por las Rutas de la Patria . No de los otros malones del tiempo de antes, de antaño... así nomás, gente del altiplano, eramos ciento setenta y cuatro con los hermanos de Orán. ¿No? Hasta Tucumán se ha sufrido un poco no, pero no mucho".

En general, los antropólogos han hecho películas etnográficas como parte de su trabajo de campo usando al hombre como objeto de observación, y sólo desde hace poco tiempo se ha procurado incluir también a cineastas profesionales. Pero este tipo de colaboración plantea un problema: ¿Dónde se pone el acento?

En la cultura material y los detalles que muestran las diferencias entre las diversas culturas -dejándonos insatisfechos y aburridos- o en el flujo dramático de los acontecimientos, en el que se presentan las formas de hacer las cosas, en el contexto de las rutinas normales? Si este último fuera el caso, pienso que quizá los antropólogos respetarían más la intuición y la habilidad creativa del cineasta, cuya preparación le permite hacer resaltar el contenido dramático de cada situación. Por eso pienso que es más valioso seguir a un miembro de una cultura determinada y aprender a través de los hábitos y costumbres de esa cultura, observando cómo interacciona con su familia y su sociedad, que tomar el camino fácil de documentar la superestructura de una cultura casi sin conocer a sus protagonistas, salvo de manera superficial y estereotipada.

A diferencia del cine antropológico, mi cine está concebido como un instrumento de comunicación y no como un fin en sí mismo. A veces he trabajado en una filmación durante siete años, al tiempo que realizaba otras. No estoy urgido por terminarlo, sino por la idea de transmitir a través de una experiencia que he vivido, una búsqueda de conocimiento en la cual algunos seres humanos tratan de explicar el mundo que viven.

Pero si bien he tenido extraordinarias experiencias humanas, no creo que haya verdadera satisfacción en ninguna realización, por sí misma. Cuando la razón para filmar es simplemente vivir bien, cuando una cultura está tan satisfecha que no hay más fines que la satisfacción personal, cuando la antropología no tiene más finalidad que la antropología misma, entonces los medios se convierten en fines.

Creo que mi cine es también político. Pero como no estoy comprometido con ningún partido político, mi cine no tiene el peso que podría tener dentro del panorama latinoamericano. Creo, eso si, que mis películas pueden perdurar en el tiempo, a diferencia de los filmes políticos concebidos para coyunturas políticas. Estoy convencido, además, de que todo lo que muestra la verdad, es un hecho político.

Yo no he transitado por la política debido fundamentalmente a haber sido criado en un medio sin conflictos, sin problemas, privilegiado, con todas las facilidades. Lo que aconteció conmigo es que cuando me fui acercando a ciertas realidades no agradables, y saberme un privilegiado, comencé a sentir rechazo por lo que había tenido. Y luego ese rechazo empezó a convertirse en un deseo de ayudar a otros. En comprometerme con ese deseo. Quizá mi mayor compromiso está reflejado en dos filmes que tratan dos temas límites. Uno es el que hice sobre los últimos sobrevivientes de un grupo indígena del sur de Argentina, Los Onas, que no es totalmente mío, pero que hice por convicción, y el otro es Los hijos de Zerda, donde aparece la horrenda explotación de un hachero. Al hablar Zerda de esa explotación, yo obtuve una nueva visión de la vida. Ahora voy a completar el filme con un epílogo sobre la circunstancia histórica de esa explotación, y esto es algo que me surge ahora como necesidad. Es la primera vez que siento la necesidad de explicar personalmente la circunstancia histórica y la explotación.

No creo ser un valiente, más bien es posible que sea un cobarde solitario. Salvo en los últimos tiempos, en que empecé a sentir diversas formas de presión.

Es cierto que hay cierto romanticismo en lo que hago. Yo no fui un hombre alegre. Al encontrar otras formas de vida, quizás más limpias que la mía, no urbanas, sino rurales y apegadas a la tierra, emparentadas con la naturaleza, me han despertado cierta simpatía. Me gustaría que mis filmes, concebidos también como un aporte para el cambio social, puedan ayudar a la gente que filmo y amo.

Mis películas son subjetivas, interesadas y comprometidas. Pienso que no hay tiempo para la ciencia por la ciencia misma. Todos nuestros esfuerzos deben tender a mitigar o resolver esos problemas en lugar de sentarnos a mirar, contentos, con una tranquila, confortable y lucrativa posición de superioridad que a veces surge de la ciencia.

Pero lo que más lamento es que a pesar del esfuerzo que uno aplica a este trabajo, a pesar del amor con que uno enfrenta esta problemática, a pesar de que puedo llegar a comunicar a los marginados con los que no lo son, y que de algún modo pueden tener al alcance de las manos alguna solución para sus problemas, nunca logre cambiar nada en la vida de mis personajes. Por eso creo que mi cine es además de otras cosas un camino, y no una meta.

Jorge Prelorán

Jorge Prelorán

Jorge Prelorán nació en Buenos Aires el 28 de mayo 1933. Abandonó sus estudios de arquitectura contra los deseos familiares y partió a los Estados Unidos para estudiar cine en la prestigiosa Universidad de California (UCLA).


Regresó al país para filmar los gauchos y empezó a interesarse por la situación de muchos temas y protagonistas que no tenían voz. Así surgieron, una gran cantidad de cortometrajes que fueron conformando un estilo y acercándolo a la entobiografía, que confirma con la extraordinaria Hermógenes Cayo (1969), sobre un santero y artesano de la Puna jujeña. En su etapa por el Noroeste argentino, filmando para el Fondo Nacional de las Artes, destacan Medardo Pantoja, Chucalezna, Señalada en Juella, entre otros.

También filmó en la Patagonia los los filmes Damacio Caitruz y Manos pintadas, sitio al que volvería en la década del 90 para realizar una miniserie de más de siete horas para la televisión sobre su remoto pasado

En los '70 incursionó en la provincia de La Pampa, donde realizó Héctor Di Mauro, titiritero, y otras dos grandes películas como Cochengo Miranda, sobre un puestero del oeste pampeano, y Los hijos de Zerda, quizás su relato más duro y contundente sobre la explotación humana.

Obligado a exiliarse por la dictadura militar, llega nuevamente a la UCLA, donde será nombrado profesor emérito y seguirá trabajando en algunos proyectos de forma particular, como el corto Luther Metke at 94 (1984), que fue candidato al Oscar. En Ecuador filma Mi tía Nora, su único largometraje de ficción, y Zulay frente al siglo XXI (1989), su última película, sobre los cambios de transculturización de una muchacha otavaleña.

Entre muchos reconocimientos, Prelorán obtuvo la becas Guggenheim en 1971 y en 1975, y Fulbright en 1987 y 1994, y el Festival de Cine de Mar del Plata lo premió por su trayectoria con el Astor de Oro, en 2005. El director Fermín Rivera realizó sobre su vida Huellas y memoria de Jorge Prelorán, una etnobiografía dedicada al realizador.

Prelorán dedicó sus últimos años de vida, junto a su esposa Mabel, a la realización de la serie de biografías llamada "Nos-Otros", un proyecto con propósito educativo que corona su obra. Falleció a los 75 años en su casa de Culver City (California), el 28 de marzo de 2009. 

Nota en el diario La Razón

Diario La Razón, miércoles 25 de marzo de 2015

jueves, 26 de marzo de 2015

Hermógenes Cayo

Comenzamos el ciclo dedicado a Jorge Prelorán, con proyecciones en 16mm, con el clásico más importante de su filmografía, considerado entre las diez películas más importantes de la historia del cine argentino, Hermógenes Cayo, junto al cortometraje sobre el pintor tilcareño Medardo Pantoja. Contaremos con la presencia de Mabel Prelorán, llegada especialmente desde Los Angeles. Será el sábado 28 de marzo a las 20 horas, en Austria 2154, con entrada libre y colaboración voluntaria.


Sábado 28 de marzo - 20 horas
HERMÓGENES CAYO
(Idem, Argentina, 1969, color, 49 minutos)
Dirección, montaje y fotografía: Jorge Prelorán.
Producción: Fondo Nacional de las Artes / Universidad Nacional de Tucumán.
Ayudantes de Dirección: Lorenzo E. Kelly y Sergio Barbieri.
Asesoría musical: Leda Valladares.
Instrumentación adicional: Anastasio Quiroga.
Grabación sonora: Rodrigo Montero.


“Yo soy santero de profesión”, dice don Hermógenes, nativo de la Puna jujeña, al presentarse. Sus obras y filosofía nos muestran a un hombre de versatilidad renacentista. Sus sencillas palabras lo muestran como un hombre de profunda fe religiosa; un hombre que trasciende lo individual para llegar a la esencia de lo universal.

Se trata de la película más emblemática de uno de los documentalistas más importantes de la Argentina, la obra que da estilo definitivo a las etnobiografías de Prelorán.


MEDARDO PANTOJA
(Idem, Argentina, 1969, color, 13 minutos)
Dirección, montaje y fotografía: Jorge Prelorán.
Producción: Fondo Nacional de las Artes.
Idea original: Isabel Franco.
Ayudante de Dirección: Sergio Barbieri.
Música original: Leda Valladares y Rodrigo Montero.

Mediante suaves imágenes paisajistas de Tilcara, en la Quebrada de Humahuaca, Jujuy, acompañadas solo de música, Medardo Pantoja nos permite el acceso a los misterios de esta región: el arraigo de la tierra y la identidad de su gente con las tradiciones y costumbres ancestrales. Conocido como "el pintor de la Quebrada", don Medardo plasma en su arte el sentir tilcareño.


Mabel Prelorán en el Cineclub
Con más de treinta años de experiencia trabajando en el campo de la antropología cultural y médica en los Estados Unidos y Latinoamérica, Mabel Prelorán ha publicado numerosos artículos en fuentes científicas como el American Journal of Public Health y libros tanto en español (Aguantando la caída: familias argentinas venciendo la desocupación, editorial Mutantia - Argentina) como en inglés (Neurogenetic Diagnosis, the power of hope and the limits of today’s medicina, Routledge Publications London and New York) compartiendo la autoría con la Dra. Carole Browner.

Tiene un PhD de la UCLA, donde se desempeñó como investigadora de antropología en el Departamento de Psiquiatría Social, Centro para la Cultura y la Salud. Es Socia Honoraria de la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte.

Temporada IX / Función 179
Cineclub La Rosa
Austria 2154